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Daniel Roberto Kasparian

Es argentino, nacido en Buenos Aires, en 1959.

kasp@ciudad.com.ar

danykasp@yahoo.com.ar                    Me visitaron  

 Profesor de Castellano, Literatura y Latín, recibido en el Instituto Nacional Superior “Alicia Moreau de Justo”.

Hijo de Hagop y Adelina, vivió su infancia en el barrio de Saavedra, donde, desde adolescente, escribió poesías, relatos, reflexiones y la novela Vidas paralelas; y aquí se transcriben algunos de esos textos. Su hermana se llama Patricia, y perdió a su hermano mayor, Samuel, en un accidente, en 1978.

Estudió la escuela secundaria en Marie Manooguian, sita en Palermo.

Actualmente es docente en seis colegios de Moreno, donde se mudó junto con su familia en 1990, y ha creado un proyecto artístico escolar.

Escribió, para periódicos de la Colectividad Armenia, artículos de opinión y deportivos. Jugó en las inferiores de Deportivo Armenio, integró el coro Gomidás, y representó teatralmente el musical Jesús.

Como corrector literario, ha realizado, trabajos de revisión estilística de diferentes géneros de textos: boletines, biografías, relatos, ensayos y devocionales.

Hoy día, Daniel estudia la carrera Corrector Internacional, que dictan Litterae y Fundéu, y colabora para Editorial Jucum, de Texas, Estados Unidos.

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TÍTULOS

Diógenes Moderno Reseña hecha por el propio Autor

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un Libro suyo:

DIÓGENES MODERNO

“Benditos los hacedores de leyendas” (Tolkien).

 

Los mitos, los estereotipos no se inventan íntegramente; son tesoros transmitidos a la memoria colectiva, que los recrea. Y Diógenes el Cínico, consagrado también, irrumpe divertidamente en la posmodernidad. Anecdotario, novela filosófica, poesía, cinematografía.

 

PRÓLOGO Y SINOPSIS

La historia es contada por un narrador imaginario: Herodotho, periodista corresponsal del Pericles’s Journal; aunque, en un instante, se distrae escuchando una radionovela de amor. Dos contemporáneos, Zenón y, tal vez, el autor, también recreados, hacen sus disquisiciones filosóficas, y concurren al anfiteatro para presenciar la entrega de trofeos de las ‘Olimpiadas 320’ –otorgados a Hércules, Pericles, entre otros– y el estreno Te mataré Diógenes, una risa; pero el clima meteorológico, literalmente, destruye el estadio. Sólo queda el verdadero Diógenes alardeando de su victoria, que comienza a predicar a unos barrabravas.

Pronto se enteran de la muerte de Alejandro, que mueve a los dos amigos a dialogar sobre el poder y el sentido del vivir, y, posteriormente, en el Hades, con la intervención de hombres célebres –el jefe Seattle, entre otros–, estos darán su veredicto sobre el pésimo accionar de la humanidad: un balance ecológico. Diógenes se encontrará con san Francisco de Asís, los dos amantes de la naturaleza, y el cínico tendrá la oportunidad de redimirse cristianamente. Hay, insertado, un cuento de humor: “El emparedado de jamón y tomate”, que parodia el viaje al más allá, cuyo autor es un jovenzuelo, admirador de Herodotho. Este se reúne, en el epílogo, con el autor, y lo llena de laureles; y no debe olvidarse, Sr. lector, que todos los episodios están siendo rodados cinematográficamente, señalándose las distintas tomas y ángulos de la cámara, que la estatua de Homero está viva, que Diógenes es un héroe transformado –de bárbaro a culto– que conoce a los clásicos, y que el autor es otro ser ficticio que explica, en esta parte final, el porqué de su escritura. El género es variado, y está adornado con poesías, prosa, pinturas y notas muy eruditas.

 

 

Fragmentos de Diógenes Moderno, de Daniel Kasparian, seleccionados por el autor.

 

«Yo me reía, y como era la 114.ª Olimpiada, y todos, junto al oráculo de Delfos, presagiaban que habría de morir durante estos juegos, en el año 323 –el mismo día que partieran hacia el más allá Aristóteles y Alejandro–, contuve la respiración, por la desilusión provocada por ese atleta. Me preguntaron mis amigos y el respetable Cercidas de Magalópolis, al tiempo que me zamarreaban creyendo que yo había sufrido un ataque epiléptico, el sagrado achaque: qué, qué estás haciendo. Y yo no pude aguantar la carcajada, arrojando todo el aire y la vida que había juntado durante esos diez minutos dentro de mis cachetes. Nada, contesté, me vino de golpe la chispotería o

chirisproia, unos tecnicismos que inventé, para reírme más y más; yo quería morirme así de puro júbilo. Adueñarme de mi muerte del mismo modo que me adueñé de mi vida, dije después casi para mis adentros, y no me contuve: ¡Qué querés! ¡Si este no le hace un gol ni al arco iris!»

 

«Viendo a un arquero inhábil, se sentó junto al blanco diciendo: “No sea que me hiera”.»

 


 

«–Tales dice que no existe diferencia entre la vida y la muerte.

– ¿Por qué no te mueres entonces? –le preguntaron.

–Porque no hay diferencia ninguna –concluyó Diógenes.»

 

«Parece que Diógenes el Cínico cavó un subterráneo debajo de su barril, se había mudado a Corinto, y no salió en todo el día: debió de haber ordenado todos sus papeles –había anotado en su agenda visitar el gimnasio de Antístenes ‘Cinosargo’ porque estaba un poco gordo– y ni se enteró de que hoy los augures habían pronosticado grandes terremotos en China, al advertir ellos que los elefantes y las tortugas peregrinaban hacia el interior de los bosques, y las truchas, en lugar de subir por las pendientes, bajaban precipitadamente a los océanos: los adivinos dicen que estos desequilibrios naturales ocurren por la maldad del hombre y porque Zeus está por cierto enojado, y envía huracanes, ciclones y tifones.»

 

 


 

«Diógenes. –Pero esos hombres son esclavos, en forma voluntaria, y aceptan las urgencias de la llamada civilización.

Rousseau. –No son tan fuertes como tú, Diógenes. ¿Quién no pierde la templanza cuando juega a la ruleta, y quién conserva el dominio propio frente al celular?

Asís. –No es fuerza humana… Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor y soportan enfermedad y tribulación.

Dichosos aquellos que las sufrirán en paz, porque por ti, Altísimo, serán coronados. En ti confío.

Chief Joseph. –Hoy, nuestros hijos conducen 4X4. Sólo les pedimos que no sean llevados, a la rastra y de las trenzas, por el progreso, ni pierdan la sensibilidad que tú, santo monje, enseñas, según te lo ordena el Gran Espíritu.

Diógenes. –Se ahoga el que sabe nadar…; pues se arriesga más cuando justo lo sorprende lo irreparable: las corrientes submarinas y las cruzadas olas. Por ello, yo sólo me planto en lo mínimo para vivir, y presumo que, con esta actitud casi inimitable, seré inmortal.

Asís. –Fue tu respuesta al sistema e, incluso, a quienes te despreciaban, y fue como si también te hubieras sumergido en lo profundo; pero hubiese sido más digna tu lucha si hubieras ofrecido tus sacrificios, y encaminado tus enseñanzas ascéticas, a un Dios de insondable amor.

Chief Joseph. –De ese Dios aún esperamos una respuesta a nuestra causa…»

 


 

«Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro.»

 

«–Y ahora ¿qué haces pidiendo limosna a una estatua?

–Me ejercito en fracasar. Y le digo: Si ya has dado a alguien, dame también a mí; sino, empieza conmigo.

¿Por qué la gente da dinero a los mendigos y no a los filósofos?

Porque piensan que, algún día, podrían llegar a ser inválidos o ciegos; pero filósofos, jamás.

[Risas].

–¿No te das cuenta de que todos se ríen de ti?–. Unos jovenzuelos lo aguijoneaban, y se rotaban los dedos índices en sus sienes.

–Probablemente, los asnos se rían de vosotros, pero a vosotros no os importa; y, a mí, también me refriega las pelotas, me refriega que se rían de mí. ¡Ay, qué bueno!, ¿muchos se burlan de mí? Sí; pero yo no soy burlado. ¡Ande yo caliente y ríase la gente! ¿Quieres, chambón, que tu criado te suene la nariz así te olvidas de que naciste con manos?

[Risas].

–Yo soy Alejandro, el gran rey– lo interpeló uno por detrás, con vestiduras espléndidas.

–Y yo soy Diógenes, el can, ¡qué va!»

 


 

«… Y Euxenos le susurró al oído:

–Quiero que seas mi socio para la venta de chemén*, que hoy es un boom, ¡y tú serás la cara o el símbolo de la empresa!

–¿Estás del coco? ¿No sabéis que pesa sobre mí la espada de Damocles?

–Acepta y, en regalías, ¡recibirás los dividendos!

–¡Haz lo que quieras! –y dirigiéndose al interior de su morada, dio un portazo.

–¡¡Te llenaré de oro y ampliaremos con la producción de yogourt!!»

 

«Un hombre debe vivir cerca de sus superiores como cerca del fuego: ni tan cerca que se queme ni tan lejos que se hiele.»

  


 

«–Por favor, devuélveme lo que me llevaste.

–No quiero, Dany, no te devuelvo nada, es mío.

–¡Pero yo no puedo vivir sin mi propio corazón!

–Arreglátelas.

La madre –Arreglátelas.

–¿Qué significa esto?… ¡Dame lo que me quitaste y te he dado!­

–Bueno, toma…, no, no quiero!

–La alegría ya te dije no me la devuelvas, pero dame el corazón, ¡dame el corazón!

–No quiero, Dany, no te devuelvo nada, es mío.»

 «Para casarte, cuando joven es temprano y cuando viejo es tarde.»

  «San Francisco de Asís. –La fidelidad es un atributo que Dios distingue.

Y en ello sí deberíamos aprender de los animales. Y a veces la muerte de una mascota puede prepararnos para la despedida de otros seres más amados.

¿Eres tan instruido, Diógenes, y sabes tanto –te recitas La Odisea–, y aparentaste bestialidad toda tu vida? Intuyo que has querido legar ese misterio paradojal…

…Te contaré, entonces, mi anécdota: salí al monte a orar, subí por peñascos y laderas verticales; quería estar solo. Salí a orar, y a ayunar, por mis hermanos seres de la creación de Dios, aún por aquellos que no entienden la humildad que Él enseña, especialmente por ellos, porque confunden la verdadera autoridad con la magnificencia y la arrogancia, no la asocian con la sabiduría de lo alto, y yo creo que la oración tiene poder supremo, y puede cambiar el mundo. Pero en mi espíritu no existe reserva de enojo contra nadie, sí contra el error que inducen los vicios y las banalidades. Al hombre se le acumulan fallas, inconsistencias e incomprensiones que suelen redundar en catástrofes, accidentes y muerte; y de ello quiero liberarlo con mi sincero rezo al Altísimo, y es por ello que salí a orar y cerré los ojos. Justamente, el mundo salvaje que te describo desconoce estos desvaríos de la razón humana, y es una realidad que tampoco discierne el lobo que me mira a pocos metros, en la boca de una gran cueva…, y que me gruñe mostrándome los caninos; porque yo, sin saberlo, estaba invadiendo su territorio…, allí en ese agreste collado, adonde había salido a hacer mis plegarias.

Diógenes. –¿Se lanzó feroz sobre ti?»

 

«Encadenan al canario

Por su brillo y por su canto

Y al gorrión

Lo dejan ser en el espacio;

Pero el gorrión no es menos que el canario.

¿Qué tiene la hoja que no tenga una flor?

(Un florero de hojas es tan bello como uno de rosas)

Se olvidan de la semilla cuando crece el árbol.

Todo lo que parece lindo se lo quitan a la libertad…

Los pensadores están encasillados:

Los detienen con los pechos y con las manos,

Y la frase del poeta ya está en las cabezas.

… Pero vivimos el paraíso… dormitando.»