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Ernesto Sábato

 

 

 
     
 

 

La Esquina 
de Ernesto Sábato

Por Ma. Socorro Mármol Brís

Madrid, España


La vida es tan corta, y el oficio de vivir tan difícil,

que cuando uno empieza a aprenderlo,

ya hay que morirse. E. Sábato.

(In memoria de mi amor platónico por Ernesto Sábato)

Este mes de Abril del año 2011 se me despide con golpes de azadón abriendo nuevos enterramientos que huelen a tierra removida, y a demasiados nombres en tránsito. Cada nombre en tránsito, al que le pongo un nuevo lazo negro, me recuerda una esquina de alguna calle, de alguna ciudad, que mi vida dobló alguna vez, para iniciar –creía– nuevos caminos, o en la que mis incertidumbres se detuvieron apenas un momento, a disfrutar del paisaje interior, lúcida y temerosa yo de que el exterior hubiera demasiadas zarzas que atravesar antes de que el abrazo de la tierra fragante me rodee.

La esquina

La tuya, mi querido Maestro, tu entrañable y reveladora esquina, fue la que, en 1969, llegaba hasta la Calle de La Princesa subiendo a todo correr desde el Paseo de Rosales, en busca de sueños de prestado, sin darme cuenta siquiera de que era cuesta arriba. Porque, cuando se tienen 20 años, –tú lo sabías muy bien, mi AmorPlatónico– uno no se da cuenta de la inclinación de las calles, ni de lo empinado de los escalones, y quiere llegar pronto a donde sea, sin acabar de saber hacia qué parte del Poniente se dirige la carrera, o en qué Ocaso encontrará refugio.

Cuando hablo de tu calle, me refiero a la Calle del Buen Suceso, esa que tomó su nombre de la bellísima Iglesia del Buen Suceso que ya no está –como tantas otras cosas que tienen que ver con lo que jamás volveremos a ser porque nos rompieron el paisaje, y el paisanaje que nos lo contaba está ocupado preparándose para tantos lazos negros[1]–. (¿O fue la Iglesia la que tomó su nombre de la Calle, antes de que el “mal suceso” de la piqueta le metiera mano a la Iglesia que sostiene aún en pie mi recuerdo?).

Por entonces, esa calle que sigue subiendo incansable, desde los bellísimos atardeceres del Parque del Oeste al bullicio nocturno de la Ciudad, desembocaba en la urgencia de la Calle donde nos encontrábamos al anochecer la gente de mi juventud. Aquélla con la que hablaba de inquietantes Escritores del otro lado del Océano, cuyos libros olían a tierra fresca, a aire libertario y a denominaciones de las que sólo los más “puestos” en lo ácrata sabían el significado.

Entre nosotros: a mí me dijeron que tú eras nada menos que comunista. Y eso, por aquellos años, era un pecado grandísimo en nuestra FrancaEspaña, en la que aún faltaban más de seis años para empezar a coger el tono a los réquiems liberadores con los que olvidar las marchas militares del último vencedor de una Cruzada[2] malhadada en la que todos, ¡todos!,  fuimos perdedores. Porque no hay nada más incivil que la maldición de una guerra civil.  Abre heridas que jamás se curan. Y se jacta de truhanerías en la que te conviertes en “bueno” o en “malo” dependiendo del lado en que te pille el estrago, o del color de la bandera de los que más muescas hayan  cincelado en la lóbrega contabilidad de sus terrores.

Fíjate, Maestro: por poner algunos ejemplos, fueron los años del abuelo aquel al que, metido en “Cien años de Soledad”[3],  descubrieron hablando una lengua desconocida que resultó ser latín, y donde una tal Amanda posaba sus manos sobre una plancha al rojo vivo para no volver a caer en la tentación de acariciar a su infiel amante. Fueron las inquietantes noches de “La Ciudad y los perros[4]; el amor a primera vista y sin reservas de “Rayuela”[5] ; “Los Versos del Capitán”[6], entre los que me encontré una tarde sin saber que eran proféticos:

VI: …De mí nada más malo / te dirán, amor mío, / de lo que yo te dije. / Yo viví en las praderas antes de conocerte / y no esperé el amor sino que estuve / acechando y salté sobre la rosa.

 Ó aquel otro: PEQUEÑA AMÉRICA: Cuando miro la forma / de América en el mapa, / amor, a ti te veo…

“Mundo, demonio y carne”

 …En fin: todo eso que por aquí aún nos asombraba y nos sonaba a “mundo, demonio y carne”, las tres grandes amenazas de nuestras cándidas almas, para las que su mundo no alcanzaba mucho más allá que un par de meses en Londres, ganándose unos peniques para el ice cream de las five o´clock de la tarde; sus demonios estaban aún por llegar; y la carne (¡ay, la carne!) no paraba de darnos quebraderos de cabeza a fuerza de no poder acabar de diagnosticar qué eran o de dónde demonios venían aquellas calores que se nos subían al embozo cada vez que regresábamos a nuestras noches de casta y forzosa soledad de NiñaBien, aún con la medalla de Hija-de-María quemándonos por debajo de las camisitas con piconelas y por encima de una piel querenciosa, y deseando quedarnos huérfanas de tan exigente madre. Eran aún demasiadas las esquinas que había sin nombre en nuestras vidas por aquellos años 60 del Siglo pasado.

(Si supieras, Maestro, qué sensación más rara tengo hablando del “Siglo pasado”. Es como si el paso del tiempo no fuera conmigo, y conservara aún el mismo brío en mi corazón y la misma osadía de cuando lo primero de mi catecismo de doncella era amar apasionadamente; eternamente).

La esquina de tu calle, en este año de 2011 en que te has cansado de seguir vivo, sigue ahí, como en 1969, cuando lo de lo sudamericano[7]. Sólo que ya no la subo yo cada mañana a todo correr para llegar a mi Colegio; porque, desde hace ya muchos años, ni vivo en el Paseo de Rosales 34, ni soy Maestra Nacional Parvulista en aquel Colegio de San Pedro Advíncula, del que guardo recuerdos entrañables de pequeñas criaturas transitando algazaras en el patio de recreo, y caricias de manos minúsculas que yo no sabía que la vida me iba a negar después con tanta saña.

Ni tengo 20 años en las piernas. (De lo del corazón no voy a hablarte más, HombreCordial, porque no quiero escándalos a destiempo ni renuncias antes de tiempo). Tampoco esa esquina de la que te hablo está ya caldeada por los tenderetes de “libros a granel” y de segunda mano, con los que en aquellos años alimentábamos fantasías que luego no se cumplieron del todo y que, insensatamente, como todo lo que merece la pena, seguimos esperando que se cumplan antes de que nos llegue la hora de la despedida en cualquier esquina del olvido.

“Entregar la cuchara”

Aún quiero contarte una pequeña miseria de los entonces: Mira, Maestro, por aquellos años de últimos coletazos de la miseria de la Guerra de la que ya te he hablado, era obligatorio, aquí por mi tierra, el ServicioMilitar. Ese que duraba 23 meses, y que tuvo en su haber la quiebra de tantos amores de pueblo, cuando los mozos, hechos a las estrecheces de sus aldeas, conocían en las capitales otras holguras menos sometidas a las desgarradas críticas de las comadres de esquina provinciana, y se perdían para siempre entre abrazos de renuevo.

Pero de lo que yo quería hablarte no es de los amoríos y de los calentones en catre ajeno…, sino de lo de “entregar la cuchara”; lo que pasa es que, a esta edad, uno tiene tanto que contar, y le queda tan poco que vivir, que se pierde en callejones adyacentes sin darse cuenta. Pues eso: que cuando licenciaban al mozo, tenía que hacer entrega de toda la impedimenta recibida, para poder entregarla al de remplazo, previo enjuague con lejía. Y lo último que entregaba –porque no era cosa de renunciar al rancho de despedida, aunque fuera de lentejas con gorgojo- era ¡la cuchara! Ese “entregar la cuchara” se convirtió por mi tierra de Mágina[8] (supongo que por toda España, y por algunos países iberoamericanos, pero yo hablo de lo que me sé) en el símbolo de la muerte. Del traspaso del trasto más útil: el que servía para alimentarse y mantenerse vivo mientras le dabas tiempo al tiempo.

Y tú te estarás diciendo: “pero, vamos a ver, hija mía, ¿a qué viene lo de entregar la cuchara con lo de hacerme el duelo?” Pues te aseguro que todo tiene “su aquel”; y que quisiera yo pedirte que, como ya no es tiempo de carestías, que me entregues a mí la cuchara con la que alimentabas tus escritos, si no tienes a nadie mejor a quien traspasarla, a ver si le tomo el sabor a tu cocina. ¿Ves como siempre hay una explicación hasta para lo más incomprensible?

Pero, volviendo a lo de las esquinas de mi vida y los escritos de la tuya… Justamente, en un puesto de esa esquina de Princesa con Buen Suceso, compré el primer libro que te leí: SOBRE HÉROES Y TUMBAS. La verdad es que, ahora que lo pienso, lo único que recuerdo de aquel Libro es la emoción con que llegaba cada noche a la cita con sus páginas, entre las que me perdía hasta bien entrada la madrugada, sin más miedo a la ojera del día siguiente que no pudiera remediar una ducha calentita. Bueno, y la inquietud que me causó aquella especie de anexo final llamado Informe sobre ciegos”. Tanta perfección en la literatura me fascinó; te lo aseguro. Hasta tal extremo que recuerdo que, durante mucho tiempo después de leer el libro, me sentía espantada cuando me cruzaba con un ciego pensando que, si verdaderamente los ciegos tenían las erudiciones que tú describías, seguro que al cruzarnos habían olido esta sempiterna querencia mía a lo íntimo de la ternura.

Y como quererse siempre ha estado tan mal visto en un país de futbol, conquistas y reconquistas, siempre pensaba que tendría que ir el sábado por la tarde a confesarme a San Fermín de los Navarros donde, como ya te dije alguna vez, había un monje sordo que no se metía en preguntas con las que “autogestionarse” él sus propios ardores.

Luego fue con tu novela “El TÚNEL” con la que conseguiste que me dieran verdaderos ataques de asma, a fuerza de llenarme el aire con el polen de tus palabras precisas y agobiantes. ¡Qué te voy a decir cuando lo de la niña, dorada al horno, y con una manzana asada en la boca, apareció servida en la página más inquietante de esa novela tuya…! (¿O eso fue en la novela de José Donoso “Casa de Campo? América a fin de cuentas…). ¡Qué más da! De lo que no cabe duda es de que sabías estrujarle a las palabras su jugo hasta dejarlas desnudas, secas y llenas de opresión.

Y sabías manejarnos a tus jóvenes y ávidos lectores sirviéndonos exquisiteces pecaminosas, tan desconocidas por estas tierras durante tanto “Tiempo de silencio”[9] como el que se atrevió a proponernos nuestro escritor Luís Martín Santos, cuya obra fue mutilada como si las páginas censuradas fueran un cáncer a extirpar.

Bien pensado, desde aquellas esquinas hasta hoy, no hacemos otra cosa que irnos muriendo poco a poco, mientras intentamos respirar algún que otro sorbo de vida con la que ir alargando lo inevitable. Hoy me dicen que tú te has muerto del todo. Que has entregado la cuchara, como dirían en mi pueblo, porque se te había pasado el hambre. Así, de repente, sin acabar de despedirte, vas y te nos mueres. Y pienso que, mientras tú doblas tu última esquina, hay una esquina más en mi vida que se queda rotulada con recuerdos tuyos y míos, como los que pudieran tener dos amantes que nunca lo fueron.

Que Dios te bendiga, Maestro, con algo más que un mal sueño y con algo menos que una lágrima cuando ya parece que no hubiera tiempo para un nuevo beso.

Madrid, 30 de Abril de 2011


[2] Guerra Civil Española 1936 a 1939 de la que resultó el nombramiento de Franco como Generalísimos de los Ejércitos, y Jefe del Estado.

[3]Cien años de soledad”: novela del Escritor Colombiano, y Premio Nobel, Gabriel García Márquez publicado por primera vez en 1967.

[4] La Ciudad y los perros” novela que se desarrolla en un Colegio Militar para adolescentes, bajo severísima disciplina alienante, obra del Escritor Peruano Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura, 2010

[5] Rayuela”: novelas del Escritor Argentino Julio Cortázar.

[6] Los Versos del Capitán” Poemario del Poeta Chileno Pablo Neruda

[7] Sobre el boom de la Literatura Sudamericana en el mundo en general, y en la tardo-franquista España: http://herenciaespanola.blogspot.com/2008/03/el-boom-de-la-literatura.html

[8] Mágina: Parque Natural  en la provincia de Jaén, España, donde nació la Autora, y que, por ser Tierra de Entredicho (de frontera entre el reino cristiano y el reino Nazarí) conserva una forma peculiarísima de expresión, entre la que se encuentra el convertir dos palabras separadas en una sola, para mejor expresar una idea única. La Autora de esta crónica lo utiliza profusamente, y lo llama “sabiduría de economía expresiva”.

[9] “Tiempo de silencio”: Novela de Luís Martín-Santos, psiquiatra y escritor español, fuertemente censurada en los años 60, y que se adentra en el mundo del emblemático y literario Café Gijón, de los barrios bajos, de las miserias culturales de la época.

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