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¿GROSSO MODO?---> 

¿GROSO? ¿grossssso? ¿sssssss?
 

¿PROPRIO? ¿propio? ¿rrrrrr?

 

<----¿MOTU PROPRIO?

Respuesta a una pregunta
planteada en el Foro Literario Internacional <ICEBERG NOCTURNO>

http://es.groups.yahoo.com/group/Iceberg-Nocturno
que dirijo

 

 

           Porque una cosa es dar motu proprio una opinión particular, y otra hacer una afirmación verosímil, vuelvo sobre la forma que puede considerarse correcta en la utilización actual de viejas locuciones de origen latino que se han empeñado en naturalizarse en nuestra lengua.

            Lo primero, el dar una opinión, se puede hacer sin mayores cautelas siempre que se tenga una mínima base para la exposición de la particularísima apreciación. Lo de sentar un aserto es otra cosa; necesita de una documentación contrastada y explícita con la que el locutor (hablante) disipe cualquier sospecha de empecinamiento personal, y el interlocutor (oyente) pueda abundar y comprobar la asepsia de lo dicho.

          En efecto, prima facie, y como apuntaba nuestro Forero Claudio con su habitual y exquisito tiento, la forma culta –entendiendo por culto algo más académico que lo opuesto a vulgar-, es mantener la doble consonante de “grosso”, y respetar la segunda “erre” en “proprio”.

          Sin embargo, echando mano de los pocos vestigios que quedan de mi remoto bachillerato, y después de algunos husmeos por manuales más autorizados que la propia intuición, me atrevo a sostener lo que, mantenido en el Renacimiento hubiera sido causa de condena a morir tostados en la hoguera (vuelta y vuelta) acusados de herejía léxica: in hoc témpore, la elusión de ambas consonantes resulta tan (¿políticamente?) correcta como su mantenimiento.

           Trae su última razón este aserto de un manualito tan breve y conciso como el libro de José Rogerio Sánchez <NOTICIA HISTÓRICA DEL DESARROLLO DE LA LENGUA ESPAÑOLA>. (Edt. GARCÍA ENCISO, 7ª Edic., Madrid, 1943). En este antiguo librito, después de un estudio tan minucioso como sucinto de la evolución de las distintas lenguas y dialectos hispanos primitivos anteriores a la dominación romana, (p. e., la lengua Ibera o Ibérica de la que pudiera traer razón el Vascuence), entra a desarrollar lo que él llama la “latinización ineludible de muchos de sus vocablos (pág. 14).

          No me resisto a recoger una cita específica de este Autor cuya noticia siempre me sorprendió; me refiero al hecho de que, según afirma el profesor Rogerio Sánchez, hacia el año 80 antes de J., el General Romano Sertorio fundó en Huesca (Osca) “una muy celebrada escuela de Gramática para los españoles” (pié de pág. 19), de forma que, como es sabido, el gran logro del pueblo romano fue su empeño en la unificación lingüística de las tierras que conquistaban sus huestes, porque es con ello con lo que conseguían que los “conquistados” no se sintieran tales, sino que interiorizaban su nueva situación con una “fusión” con el Imperio del que, al poder entenderse mal que bien, se sienten ciudadanos y no lacayos. Todo lo anterior es necesario para entender por qué el latín, que no era sino la lengua de un territorio tan exiguo (dentro del Gran Imperio) como el Lacio, (Lazio o Latium) adquiriese las dimensiones necesarias como para ser madre y origen de las lenguas romance.

          (Tengo para mí que hubo otras formas de “entenderse” no tan lingüísticas como prácticas; pero tales devaneos nos apartarían del tema por caminos demasiado frívolos como para seguir en ello, sin perjuicio de mantener que “el boca a boca” es la mejor forma de idiomatizarse).

           De esta fusión interlingue, en la que la preponderancia de latín no es óbice para la incorporación y asimilación de voces foráneas de distinto origen, (Ibero, Toscano, Galo, Germano, Árabe, etc.), nacerían, necesariamente, nuevas formas evolutivas del lenguaje que, a pesar de los grandes esfuerzos de los eruditos, no se pudo evitar que las trasformaciones vulgares se consolidasen y se asumiesen como formas cultas que acabaron dando vida a nuevas criaturitas idiomáticas.

           Hasta tal extremo es así que hasta la lengua escrita cede a la influencia evolutiva, de tal manera que el latín más conspicuo, que era al uso como forma escrita, es poco a poco “colonizado” por el latín-romance, en el que se dan fenómenos que tienen mucho que ver con el interrogante que le da título a este pequeño trabajo.

           Así es cómo, entre otros fenómenos esencialmente regionales/provinciales, tales como la modificación en la diptongación  –tauro por toro-, o la evolución gutural de ciertos sonidos –jenair, janeiro por enero-, se llega a impregnar la lengua escrita de la fuerza dominante de la lengua hablada, en la que se produce la desaparición o modificación sustitutiva de grupos consonánticos (palumbaà paloma; plorarà llorar); e incluso la desaparición radical de determinadas consonantes finales (p. e., la “m”), dejando supervivientes sólo unas pocas (l, n, z…).

          El culmen de esta modificación evolutiva del latín escrito lo encontramos en el curiosísimo fenómeno de la aljamía, al que el Autor a que venimos refiriéndonos (o. c.) denomina “lengua bastardeada”  y que no es otra cosa que la reproducción en caracteres no latinos (el árabe p.e.) de vocablos puramente latinos, de lo que resultan los famosos Libros Aljamiados (S. XVI y XVII).

           Para ir concluyendo, tomo prestado un par de párrafos del Capítulo XIV del Libro citado, en el que, bajo el enunciado de Índice de las más notables  transformaciones en nuestro romance, sostiene:

Las consonantes dobles pasan sencillas al castellano: flamma hará flama; grossu, grueso…  No pocas veces… para facilitar la pronunciación y evitar la desagradable concurrencia de lr, nr, mr, etc., se procedió a introducir una letra eúfonica; así: tenre=ten-d-ré;…

Las leyes eufónicas, dando lugar a modificaciones y dislocamientos de las palabras madres, y las figuras de dicción explicadas por la metamorfosis de adiciones, supresiones, metátesis, contracciones, asimilaciones y disimilaciones, nos hacen ver claramente los momentos críticos de la lengua, y permiten llegar a afirmaciones científicas que son las leyes que se han podido ir formulando a la luz de la Gramática histórica. [el enfatizado en negrita es nuestro].

          Abundar en el tema sería tanto como traspasar los límites de esta pequeña exposición con la que (a los efectos de que los que saben no acaben partiéndome la cara) pretendemos (¡toma uso de “nos” mayestático!) apoyar nuestra afirmación inicial: que tan correcto es decir/escribir “grosso modo” o “motu proprio” como “groso modo” o “motu proprio”. Porque, como sostenía Ramón Menendez Pidal (Gramática histórica), o Jaime Oliver Asín (Historia de la Lengua Española), o Rafael Lapesa con una obra de idéntico título, el maridaje entre el lenguaje culto y el decir popular fue el elemento dinamizante de viejas formas arcaicas hacia nuevos morfemas y fonemas tan asumibles como sus raíces.

          Groso modo, esto es lo que me proponía: justificar que “alzarle una “s” a “grosso”, o birlarle una “r” a “proprio”, no es –valga la redundancia- algo surgido motu proprio, sino la expresión instintiva de lo que estudié hace ya tantísimos años que ni me acordaba de mis porqués.

Metatésica y transpositora que es una.

¡Qué le vamos a hacer!

 

Gaviola en Marineda. En un 15 de Enero de 2009

             

A Gramatiquerías