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Diario de una pupa viva

Dedicado a la Escritora Lola Bertrand,  en reconocimiento al valor con que afrontó su vida y su muerte
 
 
     
 

Mi querida Lola:

 Como te decía en los últimos días, en nuestro Foro andan desconcertados; como si no quisieran entrar por si alguien escribe la noticia que estábamos esperando y que fatalmente ha llegado. El último día del año, nos dejaste para siempre. La Pupa Viva, como te conté que le llaman en mi pueblo al cáncer, te ha ganado el pulso. Ha llegado el momento de recordarte lo que para ti escribí en Septiembre, cuando, con tantísima entereza, le pusiste públicamente nombre a lo que te estaba matando.

¡Va por usted!

 

24/2009

 

Diario Intenso de una pupa viva
escrito en sí bemol, y tocado a dos manos

 Dedicado a una Princesa

que llamaba a las cosas por su nombre.

 

         En mi Pueblo la gente es muy sabia. Como en todos esos pueblos donde la gente se enseña a hacer por la vida, antes que a leer y a escribir.

         En mi pueblo lo llamaban "una Pupa Viva", porque, cuando le salía a alguien, veían a "la Pupa" campar por sus respetos y a su aire, a pelo y sin riendas ni bozal. Y, como en los pueblos somos tan desconfiados con los galenos como emborricados con lo nuestro, hechos a apañarle avío a las hambrunas vengan de donde vengan, la gente le ponía lonchas de carne fresca sobre ella para mudarle las querencias y atajarle las hambres a la "Pupa-Viva".

          Ella –ya la conocéis- ayer, lo llama por su nombre: cáncer.

Es como si pensara que, mentándolo por lo que es, conseguirá arrancarle la careta de un manotazo y así poder librar cara a cara la dura batalla por otro día más de vida.

         La diferencia entre Ella y yo -pensé- es que Ella sabe de qué se morirá, y yo sé que, desde que nací, me estoy muriendo, como Ella, pero sin saber aún de qué.

         Me gusta hablar con Ella porque es tan pasional, tan intensa, tan vehemente que, hasta para hablar de su cáncer -Ella lo menciona así, sin rodeos-  sus palabras son puro fuego, que nace y se dirige directo y sin compasión hacia el crudo nombre de su maldito inquilino, como si con ellas fuera capaz de presentarle batalla al intruso en un duelo a muerte sin tregua.

Ya se sabe: las Princesas de los cuentos verdaderos son adictas a las justas galantes y a los desafíos más comprometidos.

         Ayer tarde, mientras hablábamos por teléfono, Ella me decía que, cuando hace unos días, nos propuso escribir sobre La Experiencia, lo hizo pensando en que podríamos dejar que nuestras plumas se adentrasen de una puñetera vez en mundos algo menos melifluos, algo más pasionales… Por ejemplo –decía- deberíamos atrevernos a escribir sobre el sexo y sobre la muerte, sobre las perversiones y las redenciones, con menos miramientos, con menos retoques, tomando al toro por los cuernos como se dice vulgarmente.

Hablábamos así, con la franqueza y la desvergüenza que induce el estar tan lejos una de la otra; yo en un coche, consumiendo uno a uno, y a velocidad de NoMulta, mis 600 kilómetros dominicales de vuelta hacia ese lugar del Sur del que debo regresar al siguiente domingo, para seguir  haciendo lo mismo que la semana anterior, pero en distinto territorio, en diferente escenario y con aforo aún por ver. (A eso le llaman "ganarse-la-vida". ¿No es paradójico llamarle así a este continuo "jugarse-la-vida" en la carretera para no acabar de llegar nunca a ningún sitio?).

Ella estaba en su Gijón de siempre, tan cercano y tan lejano como nuestras vidas mismas, en las que apenas nos hemos visto un par de veces; las precisas para entender, desde su pelo violentamente fogoso como Ella misma, que uno de sus Blogs de recuerdos infantiles lleve el título de <COLETAS ROJAS> y sea la mejor herencia que le dejará a sus nietos, sin darse cuenta de que cada uno de nosotros estamos debajo de su ventana a ver cuándo cae otro pedazo de su humeante plato de sopa de letras.

Parece mentira –me decía Ella- lo que llega a unir esto de comunicarnos a través de la escritura; apenas nos conocemos y es como si hubiéramos crecido juntas… ¡te siento tan, tan habitual…!

(¿No es hermosísima la palabra "habitual" en boca de quien es tan, tan  imprevisible?)

-Es que esto de Internet es una pasada -contestaba yo tomando conciencia de lo que Ella quería que sintiese. Porque estoy convencida de que Ella se ha propuesto hacerme/hacernos sentir la experiencia de la vida y de la muerte como una espera activa, inevitable y excitante, en la que hay que empeñarse en suspender las manillas del reloj a golpe de palabra, minuto a minuto, como si en ello nos fuera la vida misma.

Me contó muchas, demasiadas cosas lo suficientemente vigorosas como para querer perdérmelas sin poder compartirlas.

Creo que debiéramos seguir hablando de esa "cosa",  siquiera fuese sobre un papel, hasta que también nosotros, estremecidos espectadores del duelo, podamos pronunciarla sin rodeos.

En mitad de la tarde ambulante y transitoria, que, a 120 km./hora, hendía el crepúsculo anaranjado al otro lado de la ventanilla de mi coche, sus palabras incendiadas de vida febril se referían a "su cáncer" como la gran ocasión de sentir nuevas emociones jamás experimentadas; y con sus reflexiones desnudas de cualquier moralina, y con sus sorprendentes fábulas de lo que le había tocado vivir, de lo que tomaba conciencia cada vez que le tocaba renovar los datos de su carnet de identidad, (edad, domicilio, estado civil...), iba llenando de paz y de consuelo el pequeño habitáculo  en el que suelo pasar tantas horas muertas de mi medido tiempo, a mitad de camino entre el miedo y la imprudencia.

Entonces se lo dije: "La diferencia entre tú y yo es que tú sabes ya de qué vas a morirte, y yo me estoy muriendo desde que nací, sin saber aún de qué".

-¡Jajaja…! -Su respuesta no podía ser otra- ¿Tú crees que será el cáncer quien me saque de este mundo? ¡También puede pillarme un coche…! Pero, por si acaso, te digo que lo único importante es que hoy es hoy. Y que, hoy, en este momento en que la falsa alarma del bloqueo de mis riñones de la semana pasada me da otra tregua de bienestar, tú y yo estamos hablando; y ¡me encaaaaaaaaaaaanta poder hablar contigo!; pero tengo que dejarte, porque vienen a tomar café unas amigas y creo que necesitan desesperadamente que hablemos un poco a ver si puedo animarlas, porque están de un mohíno...

Carpe diem, pensé en ese momento. Vive el día; no lo derroches. ¡Es tan hermoso por mucho que duela…!

Desde que salí de Madrid, traía en el paladar un regusto de amargura por esta vida mía condenada a tanto ir sin poder pararme, siquiera por un par de siglos; y, hablando con Ella, percibí que la lengua, cuando se atreve a paladear las cosas llamándolas por su nombre, cuando habla con alguien, aunque sea en la distancia y desde el prodigio de un mágico teléfono bluetooth, es caprichosa como una princesa en agonía, y muda el amargor en dulzura sólo con saborear las palabras de otra Princesa que, por experiencia propia, sabe ahora lo que es vivir cada minuto como si fuera el último que se le otorga para seguir manteniéndonos vivas a sus vecinas.

Cuando su voz se apagó al otro lado del micrófono, pensé: con estos inventos que nos ha tocado conocer, el Mundo, hoy en día, se ha convertido en un gran barrio de vecinos. Y la vecindad tendrá sus molestias, pero es una magnífica oportunidad para poder pedir una tacita de azúcar en cualquier puerta del barrio cuando la de nuestra despensa se acaba antes de tiempo.

"Pide un deseo" –creí oírle decir entonces, cuando ya la conversación estaba acabada hacía algunos minutos.

Con el pensamiento formulé el deseo que ahora escribo:

-LoliYa: ¿Por qué no escribimos tú y yo, a dos manos una sinfonía, en SÍ bemol –tono menor para que no se escandalicen los hipocondriacos- sobre esa PupaViva a la que le tienes puesto el cerco a fuerza de tutearla sin el menor respeto? Creo que hablar como tú hablas de tu cáncer, por experiencia propia, nos puede enseñar mucho a quienes te leemos y reverenciamos tu increíble dignidad.

¿Hace?

 

Gaviola en Marineda.

En un 14 de Septiembre de 2009.

 

 

 

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