24 de Agosto 2008

 

 

Carta abierta

a

DonJaimePeñafiel

 

 

Ir a la Carta 2, a la Sra. Duquesa de Alba

 Por Gaviola de Aznaitín.

Mi estimado DonJaimePeñafiel, y de mi mayor consideración:

Vaya por delante que lo del “Don” es por lo de cumplir precepto de tratamiento de bachilleres, que supongo que usted lo es; y lo de “de mi mayor consideración” es puro formulismo epistolar; que no estoy yo por la labor de que, por omitir semejante tontuna, acabe usted reconociéndome un “pedigrí” que yo detesto, y acabe comparándome con uno cualquiera de mis linajudos caniches. (Lo de el “usted” es pura cautela… Ya sabe: como lo de aquel Decano de galaico Colegio de Abogados que, en cualquier portillo, siempre le cedía el paso al Presidente de la Audiencia, dejando dicho de antemano que lo hacía por razones de seguridad personal para garantizarse el no dejar peligro alguno a retaguardia. Le digo esto, no sea que tuteándole yo, a usted se le arrodee el genió contra mi plebeyez y me ponga de chupa de dómine).

Pues, a lo que estábamos: que sabrá usted que estaba yo leyendo hoy en El Mundo su docta y doctoral croniquilla azul y rosa dominguera y, de repente, se me ha ido un repullo de padre y muy señor mío.

        Parece que lo estoy viendo. En este mismo momento ya estará usted afilando la punta de su lengua para decir: pero ¿se puede saber quién es ésa que me lee en el periódico El Mundo sin ser capaz de entender algo de lo que tan juiciosamente digo?

        ¿Ve usted? Las cosas como son; en eso lleva usted razón.

¡No entiendo nada!

De lo que yo quería hablarle es de los remilgos y los melindres que le está usted haciendo al matrimonio de la SeñoraDuqueda-de-Alba. Para mi gusto, se está poniendo usted una mi’ajilla rapituso.

Mire, MuySeñorMío, vamos a ver: ¿quiere usted explicarle a una servidora dónde está sancionada la norma, o en qué CatecismoRipalda, o en qué Código-de-Hammurabi está escrito que una señora metida en años no pueda volver a casarse, y menos con un jovenzano con más potencias que la corona de un santo? Una tiene derecho a enterarse del porqué de sus salmodias, no sea que le entren antojos de incurrir en semejantes deslices sin acabar de saber dónde encuentra usted el desatino.

Porque, un suponer. Para no mentar a extraños, hablemos de ElMío, que, antes de legalizármelo, tanta trabajera puse yo en ventilármelo por esa liturgia del pendoneo que a usted no se le cae de la boca.

Pongamos que el muy desconsiderado va y la espicha, y me deja como el reverendo DonAguirre dejó a LaSuya: desparejada y con calenturas tercianas extendidas por todo el cuerpo como les sucede a “las ellas”, y no solamente al sur del ombligo como les pasa a “los ellos”… Y por seguir poniendo, lo cual es mucho poner, pongamos que, en semejante trance, se me arrima, a estas alturas, un maromo de esos que llevan en todavía la mocedad en la boca, y me dice que ea, que vamos a juntar lindes, -que, por si usted no lo sabe (aunque usted lo sabe todo) es como se decía en mi pueblo cuando a un alguien de presencia primorosa lo enmaridaban mismamente con una álguiena algo fachendosa, pero cuyas tierras eran  a las puestas de sol como las del FelipeII. Y luego, a la hora de…, usted ya me entiende, apagaban la luz, y a oscuras, se ponían a hacer chiquillos en ralea, sin pedigrí, y más feos que pegarle a un padre, pero más herederos que un Onassis…

Y si, encima, -seguimos en el supuesto- el alguien manifiesta buena disposición en aliviarle a la álguiena  las purgaciones de la falta de coyunda carnal a cambio de empezar el tajo por la coyunda sacramentada, ya me dará usted razón de por qué le pone tantos estorbos a la sacramentalización de la jodienda por purititas razones cronológicas en la fecha de nacimiento de la miembra. (Ministra DoñaBibiana dixit y una servidora remeda por ver si es la manera de llegar a ministra).

No; si ya se sabe que el calendario arruga todo en el personal, y que aquello de “la arruga es bella” era una fullería de las feministas para no plancharle los calzones a sus legítimos. ¡Qué le voy a contar yo a usted que usted no sepa! Aunque tengo para mí, DonJaimePeñafiel de mis entretelas, que usted lo hace por una mera cuestión de disfunciones.

Pero, mire usted, DonJaime, hay algo que, a lo mejor, no lo tiene usted puesto al día, y es que las mujeres, por muy viejas que seamos, no nos disfuncionamos hasta que no tenemos firmado y sellado el certificado de defunción cerebral; y aún así… Que, mismamente, una servidora, que sin ser de la quinta de la SeñoraDuquesa no le anda tan lejos, todavía se alborota y se remueve cuando ventea el paso de potrancos de hechuras desenvueltas, manos delanteras finas, grupa respingona y reluciente, corveteo jacarandoso, corvejones bien plantados y aparejo enjaezado y guarnecido para remontas en condiciones y largas cabalgaduras.

Claro que, en diciéndolo de semejante manera, tan “a la pata la llana”,  y mentando  y metiendo de por medio tales animalerías, una se pone en el trance de que usted le aluda todo eso del pedigrí, lo del “serlo y parecerlo”, lo del pelaje y lo del pendoneo palatino, por ausencia de casta o abundancia -¡quien no los pudiera pillar!- de maridos periódicos puros.

Lo cual que, bien mirado, y aunque a usted le escueza en el certificado de pureza linajuda, eso de poder pendonear es una ventaja, se tenga la edad que se tenga, y se esté en una residencia para viejos andrajosos o en un palacio ducal.

Yo, aunque me esté mal decirlo, puedo.

A usted no le voy a preguntar por puro miramiento.

Y, en lo que hace a la SeñoraDuquesa, yo le convidaría a usted, DonJaime, a que le mire a la cara y me diga luego si son las arrugas, la duquesed o las averías octogenarias  las que le sacan a usted ese genio, y las que debieran haberle ultimado a la Duquesa el despropósito de creerse con derecho a volverse a enamorar, siquiera sea por lo que le quede de vida.

Por cierto, que si usted me lo consiente, DonJaimePeñafiel, beneficiándome de su confesada liberalidad, y aprovechando que esta carta es en abierto, y que la voy a poner en mi escaparate particular (www)  antes de que alguien me suelte un soberano ¡por qué no te callas!, quiero desde ella darle un mandadico a MiDuquesa:

Mire, Señora, usted a lo suyo: a casarse, y a darle gusto al cuerpo a la cobija de otro cuerpo de andar en bata y zapatillas. Alégrele usted a ese hombretón las pajarillas como usted sabe hacerlo para que no tenga que meterse, como hacen muchos, en correajes y verdugazos, bitoques y manoseos calculados a golpe de cronómetro, arrumacos de diez minutos y jugueticos de esos de usar y tirar que tanto se llevan ahora entre la GenteBien, para tener que acabar lamiéndose a solas sus propios aborrecimientos cuando pasa el espasmo sin que nadie les diga ahí te pudras. Ya sabe usted: las mujeres somos más tontainas, o, como dice una prima mía que es de lo más leído, somos menos sicalípticas y menos sinuosas. Pero a jocundas y enamoradizas, no hay quien nos gane. Y si somos viejas, con más razón, porque tenemos menos tiempo que perder y las mismas ganas de festejar y de que nos festejen a diario sin intermitencias ni tiempos muertos.

Usted, a juntarse con quien sea antes que tener que verse en el atolladero del dale-que-te-pego del gustirrinín hurón y solitario. Que la autogestión, además de ser pecado de los de “y-cuántas-veces”, no está hecha para nosotras, las viejas que aún podemos.

Sabrá usted que Casas-de-Señoritos hay pocas y de material de desecho. Y las casas de Señoritas-de-CompañíaVisaOro son todavía patrimonio de prójimos varones que, por lo que dicen por ahí, se ven precisados de pendonear a sus anchas –no sé yo si a sus largas también- a tanto la hora; porque hay que entender que el varoneo tiene sus dependencias, y a los pobres míos dicen que se le agarran a las ingles semejantes urgencias que los obliga a los angelicos a pendejear como buenamente pueden.

Así que, antes de que el tiempo le apolille la lozanía del material, hágase usted con él un buen abrigo. Yo que usted no me lo pensaría dos veces. Algo tendrán el mocerío que los viejos echan en falta, cuando los veteranos tienen que andar criticándolo para buscarse consuelo. Le digo yo, SeñoraDuquesa, que a mí, con perdón, entre nosotras, y sin que quiera incomodarla, cada vez me gusta más ser prójima y me da más lástima de los aprietos de los prójimos metidos en años; porque me recuerdan a las vacas del cortijo donde me crié; que el día que el gañán se descuidaba en ordeñarlas, se pasaban la noche berreando de padecimiento como si les estuvieran pidiendo de prestado sus chotillos a las más jóvenes para el alivio de las ubres.

 Lo de casarse a destiempo tampoco para ellos está tan mal mirado, aunque en la ceremonia parezcan abuelitos disfrazados de pimpollos para la PrimeraComunión de sus nietas. Y ellos tan orgullosos, sin que nadie les tenga que poner en claro cuántos años les sacan a sus segundas o terceras legítimas, y cuánto les cuestan el banquete nupcial. Así que, Señora, usted hágame caso; no le eche cuentas a la edad de su NuevoAmor y tírese al agua de cabeza antes de que le vacíen la alberca por las cañerías del espiche. 

Si alguien le pone algún reparo, SeñoraDuquesa, usted me lo factura a mi Despacho, a ver si puedo sacarle una pasta gansa con la disculpa de leerle de corrido la Ley de Igualdad[1] de miembros y miembras, y enseñarlo en las resultas de la discriminación agazapada en pedigrises, pelajes y pingajillos.  

Y ya de paso, aunque sólo sea por echar unas cuantas risas, ¿quiere usted que le echemos cuentas al listado de Señores-con-Pedigrí que le doblan la edad a sus seductoras SegundasCónyujas?

Ésta que lo es…

(¿Lo soy?)


 

[1] LEY Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres.