Ebria de llano y distancia

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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DEDICATORIAS

 

A quienes pasaron por mi vida sabiendo que pasaban

 

A los que sin saberlo, lo sabrán ahora

 

 

Y a los que pasaron sin que yo lo supiera

 

A Índices

INTRODUCCIÓN

 

EBRIA DE LLANO Y DISTANCIA

Poemario de Mª Socorro Mármol
 

             ¿Cuántos años tendría yo?

             ¿Quince?

            Y toda la vida por escribir.

             Por entonces, mis emociones fueron asaltadas por un poema que me ha acompañado y perseguido durante toda mi vida que ahora se va acercando a su ocaso. La memoria tiene esas cosas; nos traiciona en lo más cercano, pero permanece en señuelos y señales imborrables, como esos corazones trazados sobre la corteza de los árboles más jóvenes y que van agrandándose con el tiempo sin perder los perfiles de la navaja que los dibujó desesperadamente. Y sobreviven a la mano que los grabó.

            ¿Quién escribió aquel poema? ¿Algún muchachuelo cuyos ojos ya olvidé sin poder olvidarme de su palabra escrita, quizá desgranada en algún parque del Madrid de aquella adolescencia?

            ¿Quizá es obra de un poeta consagrado que algún amor de paso tomó prestada para hacerme un regalo de domingo colegial?

             ¿Quizá lo escribí yo sin darme cuenta de que un delirio poético ya estaba colonizándome sin tregua?

                        Nunca podré saberlo –Creo-. Pero ahí sigue…

 

Gris locomotora el río
ebria de llano y distancia;
áurea en el azulado
verde joven de las cañas.

Una humareda de niebla
larga, estrecha, quieta, blanca...

Sobre el retazo de niebla
flotan gigantes montañas
de azul y violeta neutros.

¿Por qué desesperas, alma?
Sigue a lo largo del río
con mi carne a tus espaldas.

 

(De algún Poeta, quizá yo misma, que en los años 60 del Siglo pasado, “pasó por mi vida sin saber que pasaba[1]”)

            De entonces a acá, el tiempo se ha ocupado de hacer bien su tarea. Fue hilando sus olvidos; añadiendo recuerdos, tejiendo y destejiendo encuentros y abandonos, y dejando en todos mis cajones huellas de muchos “alguienes” a los que desde aquí rindo homenaje íntimo, empezando por el desconocido que un día de hace mil años me envió el poema de José Ángel Buesa en un sobre sin remite.

            Nunca supe su nombre.

            Por si él aún recuerda el mío…

 

 

POEMA DEL RENUNCIAMIENTO

De José Ángel Buesa

 Pasarás por mi vida sin saber que pasaste.
Pasarás en silencio por mi amor y, al pasar,
fingiré una sonrisa como un dulce contraste
del dolor de quererte... y jamás lo sabrás.

Soñaré con el nácar virginal de tu frente,
soñaré con tus ojos de esmeraldas de mar,
soñaré con tus labios desesperadamente,
soñaré con tus besos... y jamás lo sabrás.

Quizás pases con otro que te diga al oído
esas frases que nadie como yo te dirá;
y, ahogando para siempre mi amor inadvertido,
te amaré más que nunca... y jamás lo sabrás.

Yo te amaré en silencio... como algo inaccesible,
como un sueño que nunca lograré realizar;
y el lejano perfume de mi amor imposible
rozará tus cabellos... y jamás lo sabrás.

Y si un día una lágrima denuncia mi tormento,
—el tormento infinito que te debo ocultar—,
te diré sonriente: «No es nada... ha sido el viento».
Me enjugaré una lágrima... ¡y jamás lo sabrás!

 


[1] Parafraseando el “POEMA DEL RENUNCIAMIENTO, de José Ángel Buesa

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PERO NOS ENCONTRAMOS

(A Victoria: que llegó aquella noche al Ateneo, Cuando David Coll presentaba su Libro de Poemas)

 

Estabas tan perdida aquella noche…! 
 

Llegaste, toda ojos

y luz en desconcierto, y  timidez.

Toda tú “entimismada”, sorprendida

de ver tantos poetas inundando

el mágico raudal del Ateneo.

 

Desde el pequeño estrado

David nos recitaba palpitante.

 

Llegaste como a oscuras

detrás de de aquella bolsa de viaje

que tiraba de ti hacia la sorpresa

de un templo milagroso

donde el Poeta oraba de sus cosas.

 

Yo estaba repartiéndome. Lo mío,

-viene siendo costumbre de hace años-

es un desgarrador despedazarme

como un puzzle incompleto

a falta de una pieza extraviada.

Viraba –ya lo viste-

como un soplo de aire que se mueve

entre todos los ojos y las bocas

y las manos abiertas, ansiosas y rapaces.

¡Y las manos...!

 

Y el largo desplegarse de poemas

que el Poeta leía y acunaba,

hurgando desmañado en sus recuerdos,

sujetando con riendas de emoción

una infancia casi recién perdida

antes de que la voz se le quebrara

hablando de borrachos y de absurdas

andanzas ciudadanas incoloras

donde cabe el sigilo de tantas noches tristes

cuando la soledad siembra cuartillas

con la palabra escrita a contrapelo

allí donde el insomnio va arrancando

algún ramo marchito de apatías.

 

A nuestro lado, un hombre, nuestro hombre

ejerciendo de hombre y de ternura

y de puente recién inaugurado:

 

“Aquí una forastera…,

aquí mi hermana…”

 

Quizá fuera el paisaje.

 

Quizá  ser forastera

me estuviera pesando demasiado

justo en aquel recodo del camino.

 

Será que los poetas

tenemos el amor en carne viva

deshabitado y triste como un verso,

voraz como un mendigo. Sediento

como una noche huérfana de manos…

Y le abrimos la puerta a la locura

de todas las maletas trotamundos

que llegan facturadas sin destino,

peregrinas de idénticas tristezas

a las que esconde inquieto

el último cajón de nuestra alcoba…

 

Quizá fueron tus ojos callejeros

tan llenos de sorpresa iluminada,

con tanto amor de madre. Y tan sin madre...

 

Quizá fue nuestro hombre

convertido en palenque casual

de una noche muy rara… Y cautelosa.

 

Pero nos encontramos.

 

 Gaviola en Marineda. En un 23 de Agosto de 2007.

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74/2007

LUNA NUEVA
(Al viajero que nunca volverá)

 

 Todas las cosas tienen un antes y un después.

 

Antes de aquel equívoco viajero

quizá hubiera más lunas.

 

Es posible

que hasta que se elevó en el horizonte

aquella luna nueva,

inesperada, dulce

como una bocanada de ternura,

el universo fuera simplemente

un pedazo de amor traspapelado

que yo no recordaba haber perdido.

 

No me acuerdo muy bien

si entre el silencio había

un mapa de pasión desorientada

pendiente de un compás y de una brújula.

 

Había un maridaje de descuidos,

de pródigos letargos, de besos en desuso.

Eso sí lo recuerdo.

 

Después vino el verano

con sus días larguísimos,

con su pálida espera,

con el tiempo oportuno

para poder volver a la cordura

y enderezar derivas imprudentes.

 

Para tomarle el pulso a las estrellas.

¡Estaban tan heladas…!

 

¿Qué voy a hacer después de aquella luna

con tanto desconsuelo?

 

Gaviola en Marineda. En un 25 de Agosto de 2007

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75/2007

 

SE APROXIMAN LOS DÍAS DE LA NOSTALGIA

(A los que se fueron al final del verano)

 

Se aproximan los días de la nostalgia.

El silencio

avanza muy despacio, cauteloso

igual que la vejez:

sin ruido y con ojeras,

tapándose la boca

para que nadie escuche

la voz desesperada del Otoño

que anda doblando hojas

de chopos y de sauces

y las va colocando

como muertos minúsculos

dentro de sus sepulcros amarillos.

 

En el patio

la fuente imperturbable

sigue polemizando con las sombras

sin querer resignarse a su monólogo

 

Afuera el sol tirita

aunque aún no haga frío.

 

Adentro,

muy adentro,

aquí donde la espera va borrando

no sé qué trasnochadas desazones

el miedo se apelmaza,

fermenta y envilece

los últimos aromas del verano

se condensa en los ojos

se espesa, se coagula,

enseñando sus huesos descarnados

como un animal muerto

en una carretera abandonada

en medio de una noche de tormenta.

 

La nostalgia vigila agazapada.

  

Gaviola en Marineda. En un 30 de Agosto de 2007.

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76/2007

DENTRO DE UNA MOCHILA

(A quienes acarrean sus emociones dentro de una mochila)

 

 Dentro de una mochila

se puede ser camino

y ruta extraviada

hallada entre los ojos campesinos

de un lugareño anónimo

de inaudita belleza

cuyo recio esplendor nunca recobraremos.

 

Dentro de una mochila

se puede ser feliz

y trajinar con risas indomables

como reías mirando el pueblo blanco

cuando nuestro unicornio

azuleó dulzura y desconcierto

bajo la luz oblicua y cegadora

de las radiantes casas encaladas.

*

Dentro de una mochila, sin embargo,

se puede ser tristeza inapelable,

simplemente tristeza acarreada

de un sitio para otro

como quien acarrea crisantemos

antes de que Noviembre pacifique

las renovadas ansias de vivir.

 

Dentro de una mochila

se puede ser papel sin reciclar

y sangre retintada en un desgarro

para escribir los versos más tristes de Neruda

y después recitarlos a escondidas

como quien peca a solas

por culpa de la ausencia.

 

Dentro de una mochila

se puede ser tan frágil, tan fugaz…

  

Gaviola en Marineda. En un 30 de Agosto de 2007.

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78/2007

 LAS NUBES

(A un amor de un verano de hace ya muchos años
que se enojó con las primeras nubes de Septiembre)

 

Han llegado

como trabajadoras temporeras

dispuestas a engancharse a la vendimia:

todas juntas,

con sus pañuelos grises,

con sus vientres cargados

de sed y de fatiga provechosa,

con los hombros vencidos

bajo el peso insufrible

de cántaros inmensos;

con tierra entre los dientes

después de atravesar todo el desierto

atajándole dunas al agosto.

Con los ojos hinchados

enjugados en yerba

seca y desalentada.

Han llegado

como llegó el amor aquel verano:

de pronto y a traición,

hartas ya de sol y de verbenas,

abultando las uvas de Septiembre

buscando los pajares y las sombras

para poder yacer sobre el barbecho

y después dormir la borrachera

junto al trigo

cobijadas en surcos olorosos.

 

Han llegado

lo mismo que se fueron:

como barrenadoras de nostalgias

y anuncio de regreso al internado:

…las nubes.

 

Gaviola en Marineda. En un 31 de Agosto de 2007.

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